Ojalá todas las películas mediocres o malas tuviesen la mitad de aciertos y deslumbrantes escenas que tiene esta, pero la verdad es que estamos ya fatigados de diligencia técnica y vacuidad narrativa.

★★☆☆☆ Mediocre

A Del Toro Hellboy 2, El ejército dorado se le ha ido de las manos: ha metido con calzador (uno pueril y contaminado de vicios antiguos) su iconografía fantástica, que sigue siendo apabullante, delirante, de una contundencia visual absolutamente brillante, pero sin acomodar la narrativa, sin apuntalar el discurso cuentístico, que en la primera entrega funcionaba meridianamente. Pareciera que el director mejicano ha virado a la grandilocuencia sin mirar (como solía) el texto que la tutela. Uno puede encontrar una variada lista de razones que sustentan esta pequeña caída. La sombra de El laberinto del fauno sigue siendo alargada: de hecho hay una intersección de intenciones, una visible vocación de ayuntar la sustancia lúdica de ambas. El universo de insectos, hadas, en fin, las criaturas de la fantasía pura que habitaban los bosques de la tenebrista (en el fondo) El laberinto del fauno continúan aquí, amplificados, conducidos con brío, pero lo que allí era una consecuencia del entramado literario, aquí es un eficiente capricho de autor, un exabrupto vistoso que empapa la cinta de modo que es posible que no advirtamos el fracaso casi total de su modelo cinematográfico. En Hellboy 2 se fuerza tanto el componente pictórico que ese estiramiento forzado, fingido en cierto modo, lastra (casi) todo lo demás. No es sólo que el mal esté dibujado de una manera zafia, esquiva, tímida: es que no se advierte una construcción racional de los personajes, aunque haya escenas de impacto, de un humor limpio que fuerzan una complicidad que agradecemos. Ahí están los dos freakies de turno (el anfibio sabelotodo, Abe Sapiens, y el tozudo Rojo, sentados en una escalinata de una regia biblioteca, vaciando latas de cervezas y cantando una melodía ya casi vintage de Barry Manilow. Cosas del amor fou. Por lo demás, la historia que cuenta es anecdótica: se pervierte después del engolosinado introito, casi lo mejor del film, para ceder a los imperativos de la tecnología. A Del Toro no hay quien le censure la componente infantil, ese reducto inflado de héroes de cómic, seres de submundos súbitamente liberados o épica al más puro estilo Tolkien (al que rinde sincero tributo en una buena parte del film). Diríase de el bueno de Guillermo, convertido en una especie de Lovecraft pulp, de serie B aristocrática, ha reclutado mitologías de imaginería vistosa y ha batido el mejunje para que salga algo. Siendo un chico de talento, no podía salir un engendro, pero ha faltado poco, y eso, en un director al que admiramos, se tarda en perdonar. Del Toro ama a sus personajes por encima de cualquier otra apreciación formal: los mima con embeleso, les da aplomo y les conforta con cierta dignidad. Y es a los seres marginales, a los mosntruos que fatigan sus fotogramas, a los que les afina con más corazón las cuerdas sensibles. El ser humano no le preocupa lo más mínimo. Está más en el empeño de rastrear inframundos, universos paralelos (que aquí translada sin excesivo empeño al alcantarillado de Manhattan) que acaban por obsesionar al autor de modo que olvida lo real, las localizaciones a pie de calle (que casi no hay), los pactos tácitos con un espectador que desea, al tiempo que tralla visual, cierto empaque discursivo que, insisto las veces que haga falta, aquí flaquea de un modo a veces insoportable, sobre todo en el último tercio que es, curiosamente, el mejor resuelto plásticamente, el que más deslumbra.
Lo mejor: Rojo y Abe a lo Barry Manilow; el introito.
Lo peor: La falta de entusiasmo en el texto, que flaquea hasta límites difícilmente excusables viniendo la cosa de un maestro.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 31 agosto, 2008

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