Rivales es una película que podría juzgarse por una única escena, representativa de lo que es el conjunto del film. Es increíble que un cineasta de la categoría de Fernando Colomo haya copiado una escena de una de las comedias españolas de mayor éxito en los últimos años. ¿Se acuerdan de la secuencia de Los Dos Lados de la Cama en la que Ernesto Alterio descubre a Verónica Sánchez y a Lucía Jiménez en el baño? Fernando Colomo no sólo plagia a Martínez-Lázaro, sino que con toda la desfachatez del mundo, hace repetir al propio Ernesto Alterio el mismo papel que ya desempeñara entonces. Pero éste no es el único detalle execrable del film, porque ese plano de Rosa María Sardà hablando directamente a la cámara tambiés es de juzgado de guardia. Cierto es que los males de la cinta vienen ya de su infame guión, en el que se mezclan algunos de los peores tópicos de la sociedad española (el personaje de la Sardà es abochornante), que dan lugar a chistes fáciles y sin gracia alguna. Lo más asombroso es que el guión está firmado por Joaquín Oristrell, toda una autoridad en la comedia en el cine español, y por Inés París. La estructura de historias independientes que se cruzan en momentos puntuales para acabar convergiendo en una única narración en el tercer acto está muy mal llevada por Fernando Colomo. Más que una película, Rivales parece una pésima comedia de situación televisiva, un mal cada vez más extendido en nuestro cine. Si es así como el cine español pretende ganarse al público, mal camino llevamos. A pesar de contar con un reparto especializado en comedia, el nivel interpretativo de Rivales es bajísimo. Únicamente Juanjo Puigcorbé, el mejor de todos sin lugar a dudas, saca algo de partido a su personaje.
Rivales, lejos de ser una ácida e inteligente visión de los compartamientos, sentimientos y rivalidades provocados por el fútbol, no es más que una colección de algunos de los peores tópicos de la sociedad española. Una obra indigna de un cineasta de la categoría de Fernando Colomo, y un guión del que no se recuperarán con facilidad ni Joaquín Oristrell ni Inés París.
