Una de las leyes de Murphy reza que cualquier mala situación es manifiestamente empeorable, y el cine español es buena prueba de ello. Desde 2006 a esta parte, nuestro cine ha experimentado un descenso de calidad poco menos que alarmante, provocando que cada año sea peor que el anterior. Y en épocas así, hay que aferrarse a los grandes como última esperanza, pero hasta cuando los grandes fallan, ya es para preocuparse.
Desde su muy poco común ópera prima, pasando por la extraordinaria En la Ciudad, una pequeña pero emocionante historia de vidas cruzadas en la ciudad moderna, hasta el muy personal retrato humanístico realizado en Ficción, Çesc Gay se ha ganado con derecho propio ser considerado uno de los grandes del cine español. Su cine siempre ha requerido la participación e implicación del espectador, pero lo cierto es que en V.O.S. el cineasta catalán se ha pasado de rosca. Estamos ante una auténtica rareza que bien podría haber parido el iconoclasta David Lynch, un juego fallido entre realidad y ficción que se sirve de la propia naturaleza dual del cine como marco en el que desarrollarse. Un ejercicio interesante pero que naufraga por la misma razón de ser de su estructura y la autocomplacencia de Çesc Gay, que hasta se permite hacer bromas a costa de su deslavazada narración. La escena en la que uno de los personajes interrumpe precisamente la escena para quejarse de la forma en que se está contando la historia sería el sueño hecho realidad de cualquier psicoanalista. La película pierde rápidamente su atractivo a ojos del espectador no sólo por sus constantes saltos temporales y las demostraciones de ego de su realizador, sino que a ello también contribuye notablemente la ausencia de unos intérpretes convincentes.
