En un momento determinado, la cinta de Panahi se rompe en dos (no lo cuento, merece la pena verlo); a partir de ahí el director deshace ficción y realidad y la película gana enteros a toda velocidad. Y eso que pierde unos muy cuidados y estudiados encuadres (el travelling de la motocicleta es tan largo como espectacular) a favor de planos muy generales, debido al cambio brusco del punto de vista: de Mina (personaje) a Panahi (director). Pero el buen cineasta no se resigna a dicha separación y poco a poco vuelve a al origen de la historia sin que nos demos cuenta. Lo hace insertando en la trama algunos de los personajes del cuento imaginado y colocando a la protagonista en la misma situación de partida, de tal forma que llega un momento en que no sabemos qué es lo real y qué lo imaginario. Es decir, mucho más allá del ya conocido cine dentro del cine.

Este interesante ensayo sobre el realismo se ve salpicado de las ideas por las que el régimen iraní persigue a Panahi. Con habilidad, el realizador utiliza a Mina para denunciar una discriminación por sexo que allí se ve ya como algo normal (la niña se salta “por descuido” más de una vez la prohibición de entrar en los autobuses por la zona de los hombres). De hecho todo el filme parece una gran metáfora donde Mina es el joven pueblo iraní, perdido entre la intolerancia de un régimen que consigue acallar su voz; como el intenso tráfico apaga con su ruido las voces de los personajes e impide que el espectador vea a la niña en distintas ocasiones. En este sentido, es firme la acusación de Panahi cuando provoca que se corte el audio de la cinta una y otra vez en clara referencia a la censura que sufren sus películas.
