Sidney Lumet muestra sus cartas desde el primer fotograma, dejando bien a las claras que estamos ante un film sin concesiones, duro y descarnado. La crudeza de la primera escena y el impacto que provoca el formidable título (alabados sean los hados que impidieron el crimen de haber traducido el film como Atraco al Destino) dejan al espectador helado y encomendado por completo a Lumet, quien conserva intacto el pulso dramático que siempre le caracterizó. No podría haber mejor cineasta para llevar a la gran pantalla el extraordinario guión de Kelly Masterson que el maestro Lumet, que sabe dotar a la película de una intensidad tal que te deja agarrotado, pegado a la butaca y completamente a merced de la historia. Y es entonces cuando comienza el vapuleo emocional, con escenas de una crudeza brutal que te llegan a la boca del estómago y te dejan sin aliento. Lo único que separa a la película del calificativo de obra maestra es la arriesgada, y hasta cierto punto fallida, decisión de Lumet de narrar la historia a base de flashbacks, desde las perspectivas de los distintos personajes. Ello le resta intensidad, especialmente en su parte central, que se hace algo densa, y en la que el ritmo decae ostensiblemente. El póker de ases interpretativo lo encabezan un Philip Seymour Hoffman incomensurable, ¿cuándo no?, y un no menos grande Albert Finney.
Antes que el Diablo Sepa que has Muerto se queda a las puertas de ser una obra maestra. Estamos ante una película extraordinaria, en la que Sidney Lumet viene a recordarnos lo que es el cine de verdad, cine con mayúsculas.
