Como no tengo por un fan de Harry Potter y sólo tuve la osadía de leer el primer libro, me abstengo de entrar en disquisiciones argumentales y esbozar alguna teoría sobre si el libro está bien contado o, más al contrario, se pierden detalles, se emborrona la esencia y todas esas cosas lúcidas que suelen decirse a la hora de comparar la materia libresca y la recluida en fotogramas. Yo disfruté de este Harry Potter como no he disfrutado de ninguno: quizá ese disfrute ilustre mi escaso afecto por la saga. En donde los lectores más exquisitos y exigentes han sacado las más afiladas garras, yo he me he batido casi en palmas, reconociendo el fascinante espectáculo servido, la perfección formal y hasta el gusto casi minimalista por el detalle. Yates se obstina (afortunadamente) en lo lúdico y prescinde de ser un operario más de la nómina de operarios que han conducido el crecimiento público del señorito Potter. Ahora que está talludito y que le explotan las hormonas a pie de varita, es cuando advertimos que han pasado los suficientes años como para los lectores imberbes, los que abrieron la esclusa de la lectura y ahora no paran de leer (bendita cosa y agradecimiento eterno a la Sra. Rowling y su jodido artefacto) también hayan crecido con él y sientan los mismos terremotos neuronales, la misma perturbación y hasta el mismo deconsuelo vital que siente el héroe de las gafitas y la cara de empollón que ha ocupado las taquillas (ahí va eso) de lo que llevamos de milenio.
Harry Potter y el misterio del príncipe es sombría, casi perversa, acreditando momentos de verdadero tenebrismo, es sombría, y casi perversa, pero adolece de un ritmo estable: se pierde en bagatelas románticas que igual no aportan nada al establecimiento de una intriga, pero hasta ese limbo en el metraje contiene el divertimento antes reseñado. Por primera vez hay un humor que no molesta a quien no lo comparte, entiéndaseme bien.
Me quedo con Jim Broadbent, el profesor loco, el histriónico mago de pócimas. La luminaria del talento a la hora de recabar gente muy apta para estos personajillos de cuento de hadas hace que uno disfrute razonablemente del viaje y entienda que ir en familia al cine, en comandita feliz, tiene a veces premios. Éste es uno. Mi hija no está de acuerdo, pero es que ella se sabe la trama de corrillo y ha visto defraudas todas sus altas expectativas…
Lo mejor: Jim Broadbent, la fotografía, la música...
Lo peor: Que apenas, en dos horas y media, pasen cosas...
