Sacha Baron Cohen ha llegado a un nivel muy alto en su cine, hasta el punto de convertirse en uno de los principales gurús de la comedia mundial. Brüno, al igual que Ali-G y Borat, se ha ido formando con programas de televisión ficticios y entrevistas a personas pertenecientes a distintas élites (la moda, el catolicismo, las fiestas nocturnas…) que servía como prueba de fuego antes de meterse en el lío final. Cohen ha paseado a Brüno por todo el globo terraqueo y lo ha puesto en peligro y en situaciones de puro descontrol.
Lo más sorprendente de todo esto es que ante todas esas personas reales con actitudes reales, Cohen mantiene su personaje de plástico hasta el final. Hoy en día, en la generación You Tube, parece sencillo ponerse a hacer el jackass por el mundo, grabarlo y poner en evidencia a los que salen ante la cámara.
Sin miedo, sin risas, sin nervios… Brüno, dentro de su ironía, parece tan real como la estupidez en la que se le sumerge en el film. La ficción y la realidad que conviven juntos en Brüno siguen adelante hasta los créditos sin que nada se desmorone gracias a un sólido guión y un buen repertorio de bromas donde Cohen parece olerse de ante mano la reacción de la gente y el impecable resultado final. Chapó.
Quiero más Brüno, o en su defecto otro gran persona de la, ya conocida, factoría Sacha Baron Cohen.
