Para que la alegoría resulte más comprensible se deben exagerar los opuestos y en este caso Guillermo del Toro lleva hasta límites insospechados la encarnación de la Maldad y la Bondad: el elemental laberinto mental de un capitán sádico, con todo lo que ésto puede representar en un ejército vencedor, y el fantástico laberinto de la imaginación de una niña.
Es una película más sobre los sucesos de la guerra y la posguerra, pero vistos desde un ángulo intimista en vez de histórico. A pesar de ser una mezcla entre realidad y fantasía las imágenes nos transmiten veracidad y estamos dispuestos a creernos que debajo de este mundo injusto existe otro submundo de faunos y princesas que son como las conciencias de los malos y los buenos, estamos dispuestos a creérnoslo excepto durante tres minutos de escenas paradisíacas, en el estricto sentido del término, que se salen de la atroz armonía de la película.
El laberinto del fauno acaba de recibir siete premios en la última edición de los Goyas: guión original, fotografía, montaje, efectos especiales, sonido, actriz revelación y maquillaje. La mayoría son premios técnicos, pero destaca el concedido al mejor guión del propio Guillermo del Toro, que es realmente bueno y el de actriz revelación a la niña Ivana Baquero, que actúa con una naturalidad impresionante.
La película empieza con una voz en off como si nos fuera a contar un cuento. Lástima que sea difícilmente inteligible porque la música de fondo demasiado fuerte tapa al narrador. Se pierden también muchos de los diálogos convertidos en susurros por la misma razón. Paradójicamente uno de los siete Goyas recibidos es para el sonido, aunque eso no impide que disfrutemos de una buena película. El matrimonio cinematográfico hispano-mexicano, de larga tradición de buen cine, ha vuelto a dar buenos frutos, aunque amargos.
Leopoldo de Trazegnies Granda
