Aunque suene a mentira, no conocía los datos del guionista de esta película. Pensé que era el propio director, pero a medida que la iba viendo me pareció estar en los pasillos de la Casa Blanca, los del Ala Oeste. Y a medida que escuchaba los diálogos y veía algunas secuencias pensaba "Esto parece escrito por Aaron Sorkin". Pues viendo los títulos finales pude soltar una risa por semejante predicción.
Efectivamente, esta película encierra todos los elementos Sorkin, es decir, diálogos ácidos y disparados cual ametralladora, personajes no del todo decentes pero tampoco malvados, comedia y drama entremezclados y, sobre todo, una verosimilitud en los vericuetos políticos que abruma, impresiona y encandila. De hecho, esa acidez y dramatismo mezclado sea algunas veces algo que nos confunde como espectadores, que a veces podemos ver planeando la sombra de El señor de la guerra.
Si bien la película podría ser una temporada completa de una interesante serie política, Sorkin se viste de largo (nunca mejor dicho) y le pone en bandeja de plata a un Nichols sobresaliente un guión de hierro y unos personajes interesantísimos. Todos ellos al servicio de una historia tan valiosa como honesta.
Los antiamericanos verán elementos en esta película que hablan clarísimamente de una crítica a los USA, pero los que no somos antiamericanos veremos una moraleja mucho más completa y compleja: nunca es tarde para hacer lo correcto, pero hay que asegurarse de que rematas bien la faena y que cuentas, desde el principio, con los apoyos necesarios.
Pero en esta última parte de la frase es donde reside el drama y el pecado original: la política se mueve por intereses, por lo que pocas veces los principios morales verán la luz a menos que vengan acompañados de un beneficio que la luz pública pueda comprobar y se traduzca en votos, o sea, en más poder.
Tengo que destacar a Seymour Hoffmann en un papel caracterizado de forma demasiado extraña, pero que resulta uno de los más interesantes y divertidos.
Una película muy recomendable y accesible.
