
Su propuesta transcurre en un deprimente edificio de apartamentos de Hollywood, donde se relatan las peripecias de un joven guionista recién llegado, al que el azar ha otorgado un puesto como encargado del edificio. En este espacio, el escritor conoce a los extraños inquilinos: una actriz fracasada, un monje rockero con aires mesiánicos, un agente sin clientes y una joven Lolita aspirante a actriz. Las miserias y anhelos de estos decadentes personajes saldrán a la superfície cuando empiecen a cometerse una serie de violentos asesinatos.
Película rara donde las haya que se aleja del tipo de cine al que nos tiene acostumbrados el equipo Troma (esto es lo más parecido a una cara B de la productora). Si bien el humor, el sexo y la violencia siguen ahí, el prisma con el que se nos presentan dista mucho del de producciones salvajes como El vengador tóxico. Aquí lo que interesa es la estética, la atmósfera retro que se crea mediante decorados artificiales, los contrastes entre luces y sombras y la forma de moverse de los personajes, teatral y exagerada. Una serie de elementos que, mediante un ejercicio de estilo parecido al que hizo Robert Rodríguez en su Planet Terror (aunque con resultados muy diferentes), componen una obra de puro cine de autor friki.

El señor Seder ha cargado con la mayor parte del peso artístico (dirección, guión e interpretación) y ha puesto mucho de sí en esta ácida crítica al mercado cinematográfico, mezclando humor negro, violencia cartoon y expresionismo alemán. Edgar Allen, su alter ego en el celuloide, es un escritor con manos de asesino que más que escribir, degolla las páginas compulsivamente, y esa pasión y autenticidad se transmiten al espectador.

La frase: “¡No! Edgar es inocente, no es un asesino, ¡es un artista! Claro que tiene ganas de matar, igual que todos. Pero no asesina, ¡escribe!”
