Se recurre a un reclamo siempre efectivo en cine: la transformación de patitos feos en bellas mariposas, presente en una infinidad de películas de todos los géneros, desde la mítica My Fair Lady hasta otras más actuales y mucho menos gloriosas como Pretty Woman, Alguien como tú, Nunca me han besado, Sabrina y sus amores…. en las que lo difícil no es “el después”; lo verdaderamente complicado es hacer creer que alguien como Julia Ormond es una chica del montón. Anne Hathaway ya es una experta en este tipo de papeles, recordemos aquél en el que una insignificante estudiante de San Francisco se convierte en Princesa por Sorpresa, bajo las órdenes, y al amparo de Julie Andrews. En esta ocasión, las órdenes –que no el amparo- provienen del mismísimo diablo, que viste de Prada y muestra debilidad por las colecciones de Oscar de La Renta.
Un guión que se matiza con situaciones insulsas, tan divertidas como archiconocidas, y que cae en el gravísimo error de frivolizar con temas demasiado serios. No es admisible que la protagonista sea tachada de “gorda” por usar una talla 38, tampoco recalcar que la 38 es, en realidad, la 40, ni mostrar un personaje que sigue una dieta que consiste en “no comer nada y, cuando estás a punto de desfallecer, tomar un quesito”. Por no hablar de la duda, más que razonable, que asalta al ver a Cenicienta en el baile, con un vestido que no pasa de la talla 34. ¡Famosa 34¡, en el King Kong de Peter Jackson se insiste en cinco ocasiones en que éste es el tamaño de Naomi Watts: una infantil talla 34. En definitiva, un guión que busca desesperadamente el apoyo de los elementos técnicos para poder brillar. Un apartado en el que pudo destacar * la fotografía, de indudable buena calidad, pero muy alejada del glamour que supo conseguir Jeff Cronenweth en una deliciosa comedia llamada Abajo el Amor. Un “toque” que se echa de menos en esta película.
Pero, quizás, el gran fallo se encuentre en * el argumento, inconsistente, que no se acerca al mundo de la moda, ni al del periodismo especializado en ella, ni al negocio que genera. Aquí no hay una crítica de nada, sólo una burda conferencia sobre el color azul y cómo la idea de un gran diseñador llega hasta un mercadillo. Unas pinceladas tan tímidas como el cameo de Valentino (¿era realmente él?) en la semana de la moda de París. De esta manera, no se entiende por qué “un millón de chicas mataría por ese puesto”, a no ser por el bolso de 1.900 dólares, los tacones de andamio de Manolo Blahnik y los ropajes que se obtienen gratis, muy apropiados para patearse la ciudad intentando conseguir un filete de ternera para la jefa. Tampoco tiene sentido que el “NY Mirror” acepte a una redactora que, en su trabajo anterior, sólo buscó cafés calientes. En realidad, un argumento que se centra únicamente en las excentricidades de Miranda, ésas que son comunes y afines a todos los jefes del mundo (¡cuántas novelas saldrían!), y que obligan a dirigir todas las miradas hacia * un casting irregular, que mezcla actores de televisión (el protagonista de El Guardián) y secundarios mediocres con la maravillosa Meryl Cruella de Vil, en un papel por el que podría obtener otra merecidísima nominación a los Oscar. Un reparto en el que también llama la atención la frescura de la actriz Emily Blunt, increíblemente buena, tanto en el puesto de jefa escayolada (Sigourney Weaver), como en el de chica para todo: “¿una coca cola?, ¿una servidora?” (Joan Cusack); actuaciones memorables de la ya clásica Armas de Mujer.
Y ésta es la historia de una comedia destinada a un público poco exigente, diseñada para el lucimiento de una grandísima actriz. Un claro ejemplo en el que una actuación consigue salvar el barco.
