Vuelve Tarantino, por todo lo alto, con una buena mezcla entre peli de nazis, spaguetti western y vodevil.

★★★★★ Excelente

Cada vez que Tarantino entra por la puerta, mi objetividad salta por la ventana (el que avisa no es traidor). Porque Tarantino se ha ido convirtiendo con el tiempo en uno de mis directores vivos favoritos, así que cuando estrena una nueva película (indiferentemente de que su anterior trabajo me haya gustado o no) mi primer impulso siempre suele ser el de salir pitando hacia la sala de cine más cercana para comprobar que nos ha deparado el eterno "enfant terrible" (horrible etiqueta, por cierto) del cine americano. Su última perla cultivada lleva por título: Malditos Bastardos (Inglourius Basterds).

Situémonos. Segunda Guerra Mundial. Territorio francés bajo ocupación alemana. Shosanna. una joven judía huye de los nazis después de que éstos se hayan cargado a toda su familia ocultándose bajo una nueva identidad y regentando un pequeño cine en París. No muy lejos de allí, el teniente Aldo Raine, un macarra que encabeza un grupo de soldados judíos (a cual más chalado), con el objetivo de cargarse al mayor número de nazis posible, planea una nueva misión con la ayuda de Bridget Von Hammersmark, una famosa actriz alemana afín al régimen que trabaja como espía para los aliados pasando información. La misión, aprovechar el estreno de la película nazi “el orgullo de la nación”, basada en hechos reales (en las hazañas de un joven soldado nazi que se cargó él solito a trescientos espartanos… digo, aliados), para cepillarse a un buen puñado de mandamases del Tercer Reich. Y, por último pero no menos importante, un malo oficial, el coronel Hans Landa (nada que ver, que sepamos, con el popular actor español), conocido por sus enemigos con el sobrenombre de “el caza judíos”, un malo de altura, no lo duden ni por un momento.

Quentin Tarantino arrancó su carrera como director con una brutal opera prima, Reservoir dogs; se consagró con (tan solo) su segunda película, Pulp Fiction; se le infravaloró con Jackie Brown; se elevó hasta los altares con Kill Bill; e incluso se permitió el lujo de cagarla (eso si, sin perder sus señas de identidad) con Dead Proof. Además, entre peli y peli, se ha ido permitiendo el lujo de divertirse actuando en diferentes películas como Abierto hasta el amanecer, Desperado, Little Nicky o Planet Terror (aunque no sería precisamente su mejor virtud, ni mucho menos, por mucho que el hombre tiene toda la pinta de pasárselo bomba) y colaborando como director en diferentes proyectos (la horrible y coral Four Rooms o un episodio doble de C.S.I. Las Vegas).

Como les decía, confieso que me gusta Tarantino. Y me gusta, precisamente, porque me gana con tres de sus, digamos, principales habilidades: a) porque me gustan sus diálogos. La fuerza de sus diálogos suele ser arrolladora y reconozco que suelen provocar un efecto hipnótico en mi persona que me atrapan y no me sueltan hasta que los personajes dejan de hablar. Para muestra un botón: el glorioso y magnífico diálogo final de Kill Bill 2; b) porque me gusta que sea una esponja. Es más que evidente que el bueno de Tarantino se ha chupado cine hasta aburrir y que lo ha ido absorbiendo, cual esponja, para vomitarlo todo mezclado, sin filtro aparente, dentro de sus trabajos consiguiendo algo que considero esencial en su cine, la continua mezcla de géneros y estilos como si de un batiburrillo se tratara pero que, no obstante, ha ido convirtiéndose en seña de identidad (algunos no estarán de acuerdo conmigo y dirán que a esto se le llama plagiar, bueno, todo son opiniones supongo); c) porque sigue siendo un niño grande. Su ganas de provocar y un cierto espíritu gamberro siguen estando vigentes en sus películas a pesar de haberse consagrado, ya hace tiempo, en la meca del cine. A todo ésto súmenle el hecho de que el hombre sigue mejorando en la dirección con cada nuevo film y uno ya empieza a pensar hasta donde puede llegar.

Además, Tarantino se está convirtiendo (por méritos propios) en uno de esos directores por el que los actores bajan sus pretensiones económicas a cambio de poder trabajar en una de sus películas (y eso que el hombre siempre se ha especializado por recuperar viejas glorias venidas a menos). Así pues en esta peli encontramos nombres tan populares como los de Brad Pitt (esposo de Angelina), Diane Kruger (esposa de Freddy), Daniel Brühl (Salvador Puig Antich), Mélanie Laurent (De latir mi corazón se ha parado), Eli Roth (coleguilla de Tarantino y director de Hostel, metido a actor para la ocasión) o Myke Miers (Austin Powers), entre muchos otros menos conocidos por un servidor, debido a que se trata de un cast muy internacional (en esta película los alemanes tienen que hablar alemán, algo que parece una obviedad pero que no siempre lo es), entre los que destaca la interpretación del austriaco Christoph Waltz como el malo de la función, que borda su papel de forma magnífica. Además, en la versión original se puede disfrutar de las voces de Samuel L. Jackson (narrador) y Harvey Keitel (conversación telefónica).

La película empieza con una brillante secuencia de unos quince minutos que sirve para presentarnos al que será el malo de la peli y para sacar las dudas de encima a los que (como un servidor) les defraudó su anterior trabajo como director. Lo que viene después es una especie de mezcla entre peli de nazis, spaguetti western y vodevil. En la película encontramos violencia (gratuita, por supuesto), una historia de amor imposible, personajes al límite (Hitler incluido), intriga, grandes escenas, ingeniosos diálogos y una dosis de humor mayor de la que nos tenía acostumbrados el bueno de Tarantino, que tampoco pierde la oportunidad de reivindicar el papel del cine dentro de la historia. La película me atrapó desde su principio y luego solo tuve que dejarme llevar por la trama hasta su rotundo final. Puestos a decir algo malo de la película (y siempre en lucha constante con mi subjetividad), reconocer que en algún momento se pierde algo de fuerza debido a un bajón en la intensidad narrativa (aunque negaré haberlo dicho). Y a todo aquel que tenga la intención de cargarse la cinta por su falta de rigor histórico, decirles aquello de: ¡a mamarla!.

Lo mejor: Christoph Waltz como malo de la función y comprobar que Tarantino sigue estando en forma.
Lo peor: Algún bajón de intensidad narrativa.
publicado por Jefe Dreyfus el 21 septiembre, 2009

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