Pero al igual que Soderbergh quiso imitar el cine clásico a lo Casablanca con El buen alemán, Tarantino cae en el mismo error y quiere hacer un homenaje saltándose muchos de los elementos que caracterizaban aquellas obras. Y además, aburre.
Porque homenajear y tener nostalgia de aquellas obras no es hacer “tu peli” añadiéndole motas y rayas con el efecto digital de turno, poniendo carteles de que faltan cachos y usando efectos especiales que en aquella época eran imposibles. Soderbergh quiso hacer algo parecido, pero salvo por el blanco y negro, el resto de la película parecía un thriller cualquiera de los que se producen todos los días. ¿Los movimientos de cámara? Perfectos. ¿Los “chroma” o “fondos trucados”? Impecables. Y escenas de sexo con un tratamiento que en aquella época no se estilaban. Es decir, un homenaje descafeinado y con el chip de ahora.
Tarantino junto con su amigo Robert Rodriguez, han querido hacer lo mismo y se meten de lleno en problemas, aunque no precisamente a la hora de escribir el guión. Escoge un actor injustamente infravalorado como Kurt Rusell y lo ponen de prota. Y luego un montón de chicas de muy buen ver por aquí y por allá y escenas de acción con efectos especiales de primer orden. Y ya está.
La primera parte, la de Rodriguez, no la he visto. Pero la de Tarantino si. Y son las 2 horas peor invertidas de estas semanas. Bla, bla, bla…, jijiji, jejeje, tonterías por aquí y por allá, un final de chiste, barbaridades conceptuales y estilísticas sobre las películas antiguas, una parte se vuelve en blanco y negro, otra no tiene motas, la otra muchas e incluso fragmentos perdidos…
Eso si, lo que parece un hecho es que Quentin se lo ha pasado pipa rodeado de chicas guapas y bebida con el dinero de los incautos que vieron Kill Bill y que ahora volverán a dejarse los cuartos con este insulto. Y Quentin seguro que cuenta cada dólar o euro con una sonora carcajada.
Lo mejor: El primer choque de coches.
Lo peor: Que alguien se deje el dinero para ver esto.
