Narrada en un tono un tanto siniestro pero no del todo creíble, cuenta la historia de una expedición de científicos y un cura que viajan a las catacumbas de un antiguo monasterio ruso en el que al parecer ha desaparecido un compañero de ellos que se adentró con anterioridad y en solitario en ellos. Según la leyenda popular, entre los recovecos de este laberinto subterráneo, se encuentra la entrada al infierno.
Poco más se puede destacar de otra ocasión perdida para lograr una excelente película de terror, ya que al igual que en El Elegido, el prometedor comienzo va dando paso a una cadencia cansina, lenta y desarrollada en unos ambientes tan sombríos que cuesta trabajo seguir el hilo de unos acontecimientos que van perdiendo interés a medida que avanza el metraje.
Uno de los aspectos que sí que llama la atención es el evidente (a mí me lo parece) paralelismo que se trata de establecer entre la simbología de un demonio sobrenatural y otro que bien podría aludir al ser humano, en su vertiente más cruda. Esta posible analogía alcanza su cénit cuando se narra la secuencia de un chaval que ve lo que hacían los demonios en un convento ruso en 1920, mientras que de fondo se muestra un refertorio en llamas. Quizás me equivoque, pero me parece mucha casualidad que se muestre tamaña afrenta a la religión ambientada en una época tan cercana a la Revolución de Octubre, que dio lugar a la constitución del régimen comunista de la URSS, que acarreó la prohibición de la práctica religiosa y la destrucción de muchas construcciones dedicadas a la misma, a la vez que se alude a “los demonios”.
Lo mejor: El comienzo, con la narración de fondo y la visión de la siempre enigmática y desconocida Rusia.
Lo peor: Que dura poco el atractivo inicial y se convierte en un aburrimiento soberano.
