Todo esto debe pensar Rafael, el carnicero, (Resines), una buena persona, un hombre sin atributos a lo Musil que zarandea su rutinaria vida de barrio con la llegada de Marina, una prostituta preñada (Verdú) a la que acoge, mima y considera el peldaño fundamental para construir una familia. De qué otra forma, se pregunta. Daniel (Mollá) es el novio delincuente, el colgado, el mal necesario para que la bondad de la historia se acoja a los mecanismos tradicionales del melodrama, que aquí están noblemente amplificados, escritos con congoja, interpretados con corazón y servidos en un artefacto fílmico impecable, ajeno al paso del tiempo, empapado de sentimientos como pocas películas. Esta muy cruda radiografía del dolor es también el testamento formidable (Lágrimas negras no fue terminada enteramente) de un hombre consagrado al cine y a la difusión de la cultura como algo grandioso. No me lo explico de otra manera.
Ricardo Franco mimó estos tres personajes angustiosos, que bordean siempre el patetismo, la crudeza incontestable de una vida abismada en la soledad y en la negación de toda alegría, víctimas de la tiranía del corazón y pacientes cobayas de su triste letanía.Y todavía no conozco a nadie que haya visto la película sin un nudo en la garganta. Y a día de hoy, no siendo este cronista de sus ojos muy entusiasta en el cine patrio, no he visto película más conmovedora. Se puede hacer una película con estos mimbres, pero no una más lírica.







