El filme, que como se puede suponer narra los procesos que juzgaron a los escasos jerarcas nazis que sobrevivieron o fueron detenidos tras la guerra, fue realizado en 1961, 16 años después del fin de la guerra, y por tanto con un poso de tranquilidad que el dolor y la ira no habían permitido tener antes.
Con unas caracterizaciones y unas interpretaciones magníficas, la película va más allá de la crítica fácil a los perdedores de la guerra y sus barbaridades, y ahonda en la personalidad y en los sentimientos de un antiguo magistrado alemán, que está siendo juzgado por su actuación durante el régimen y la guerra. Las interacciones con el juez (el inolvidable Spencer Tracy), y las de éste con el personaje interpretado por Marlene Dietrich, conforman un producto de enorme calidad y cuyo extenso metraje, que llega a las tres horas, se pasa en un suspiro.
La delicadeza en el relato de los hechos, tratándolos con firmeza pero sin escabrosidad, es sin duda mérito de Stanley Kramer y Abby Mann, director y guionista, respectivamente.
Vencedores o vencidos es una película sin alardes técnicos, no necesarios por otra parte, en la que el peso del argumento recae sobre los diálogos, y en la que una vez más, tienen gran peso el lenguaje corporal y el uso de los planos cortos y los silencios.
Todas estas virtudes la hicieron merecedora de varias nominaciones al Oscar, de las que dos de ellas fructicaron; una en la persona de Maximilian Schell, como mejor actor principal por una interpretación intensísima y llena de fuerza, y otra al mejor guión adaptado.
Una maravilla que nadie debería dejar de ver; ya sea por razones meramente cinéfilas, o por el simple hecho de conocer una historia que no está tan lejana ni es tan irrepetible como podría parecerle a las generaciones recientes.
Lo mejor: Una lección de delicadeza y elegancia en el trato de las cosas de la que deberían aprender muchos de los sensacionalistas y amarillistas directores modernos.
Lo peor: Que una historia así esté basada en hechos reales.
