Scott es un autor barroco, pero su hiperbólica urdimbre de conceptos y formas no seduce como querría o como su talento hiciera sospechar porque el cine de este director está sobreimpregnado de un ingenio cargante, muy lírico, sí, pero convertido, en el abuso, en una parodia, en una caricatura que no llega al esperpento, aunque lo ronda y no es difícil vaticinar que acabará ahogado en él para satisfacción absoluto de la legión de fans que posee.
Los muchos tiros, la abundante carga de adrenalina, el erotismo light y el trepidante sentido del ritmo hacen de Domino una obra cien por cien Tony Scott. La historia de la azarosa vida de Domino Harvey conviene a este tsunami de argucias técnicas, de estética videoclipera, de resonancias pop. Escribe Richard Kelly, guionista de la cinta de culto Donnie Darko, pero lo que atrae es el movimiento psicodélico de la cámara, que parece tocada por el numen de la mescalina que se meten los protagonistas. Mickey Rourke se gana la admiración del dueño de la butaca porque es creíble: más por su pinta de macarra con mala leche que por su empeño en hacernos ver que todavía hay un actor dentro de su cerebro machacado por el boxeo y los estupefacientes.
Christopher Walken hace de Christopher Walken lo cual no es ninguna novedad, pero se lo agradecemos siempre. Este biopic acelerado debe verse con absoluta falta de exigencias cinematográficas: como oir un disco de La oreja de Van Gogh cuando ya hemos estado dentro de Dark Side of the Moon. No sé si me explico. Hay tiempo para todo. Si no lo hubiera, prescinda el amable lector de este excesivo ejercicio de egolatría.
Lo mejor: El atrevimiento visual, su descarada apuesta por la estética a lo mtv, que gusta un rato, pero luego abruma, pesa, irrita.
Lo peor: Tanto tiro, tanta mescalina, tanto salto en el tiempo.
