La película trata de Don Rodrigo, un señor que va al banco a cobrar 257 pesetas. Total, que en el momento de la transacción cajero – Don Rodrigo un atracador entra en el banco y se lleva todo lo que hay en el interior, incluidas sus 257 pesetas. Tras un rato de aspavientos y sofocones, Don Ricardo descubre que los truhanes trabajadores de la entidad no le quieren devolver sus 257 pesetas porque se lan han quitado cuando ya no eran propiedad del banco. Esto empieza una odisea que riete tú de las clásicas, con un Don Ricardo desatado que nos muestra que los valores de la perseverancia y que la justicia gana siempre.
Don Paco Martínez Soria se embute en el traje del noble bruto Don Ricardo para defender los derechos de los ciudadanos de a pié en la España de la piel de toro. Lucha contra gigantes hasta lograr lo que el deseaba, sus ansiadas 257 pesetas. En el camino pierde más que esa cantidad, pero lo que es justo es justo. Bueno, esto es un tremendo peliculón para tardes de tedio y sopor. El argumento engancha desde el primer momento, por su fuerza y contundencia, además de que consigue que todos seamos Don Ricardo y deseemos que la justicia prevalezca. Las situaciones que vive este simpático caballero español son de lo más descabelladas, incluyendo una disparatada cacería. Un momento culmen, para mí, es cuando un guardia le multa y al reconocerle quiere quitarle la multa y el se niega rotundamente. Riete tú del grito “Libeeeeeertaaaaaad” de Braveheart. Sólo le faltó un Viva España a pleno pulmón.
Resumiendo, visto anacrónicamente, tenemos una película ligera para ayudarnos a coger el ritmillo de la siesta, sino fuera por los bocinazos (gritos) que pegan durante toda ella. Si se ve en la época, crítica tremenda a la sociedad (vamos, digo yo, que no soy tan viejo como para haber vivido esa época). Cuatro caspas de oro, no llegando por los pelos a la caspa total.
Lo mejor: La buena ambientación lograda, sin grandes aspavientos de crueldad, pero sin restarle ni un ápice.
Lo peor: Que estas cosas sucedan en realidad.
