Un tercer personaje clave en el filme, Lady Di, no está interpretado por ningún actor: su presencia es recreada a través de la ingente cantidad de imágenes de archivo disponibles de ella (algo similar a lo hecho por Clooney en Buenas noches y buenas suerte con el senador McCarthy). Su larga sombra se verá agigantada por las propiedades mitómanas de su temprana muerte para desgracia de la familia real. La reina Isabel II vivirá con desagrado la unánime aclamación que su pueblo tributa a alguien a quien ella ya no consideraba como parte de su familia. Carlos, príncipe de Gales y ex marido de Diana, es retratado como un hombre de frágil carácter, miedoso e incapaz de plantarle cara a su madre. En vista de la aclamación con la que los británicos despiden a su ex mujer, el ventajista de Carlos medrará para que sus familia le rinda todos los honores posibles a una mujer a quien engañó y de quien se había divorciado seis meses antes de su muerte. Para hacer entrar en razón a su madre acudirá a Blair, quien tratará de convenver a la monarca de la convenencia de despedir a Diana con los honores propios de “la princesa del pueblo” (calificativo acuñado por Blair en su discurso póstumo a instancia de uno de sus asesores que le valió el aplauso de la prensa).
Huelga decir que, en una cinta de estas características, la importancia de las interpretaciones es clave y va más allá de la mera asemejación física. El trabajo de Helen Mirren como Isabel II es tan ejemplar que bien podría emplearse en una clase magistral para estudiantes de interpretación. Porque, a la dificutad de poner rostro a un personaje vivo de tanta relevancia, se le suma el escollo de que éste sea una mujer educada para dosificar milimétricamente la exhibición de sus sentimientos. De manera que su interpretación consigue, mediante sutiles detalles, denotar los estados de ánimo de la monarca y, al mismo tiempo, el afán de ésta por autocontrolarse y evitar que afloren esos sentimientos que se ha autoprohibido mostrar en público. Además, el resto del reparto arropa con gran solvencia a la actriz londinense: desde un modélico Michael Sheen en el papel de Tony Blair, hasta un eficaz James Cromwell como príncipe Felipe o una mordaz Sylvia Syms en su papel de reina madre.
Pero sería injusto si no valorase también el excelente guión Peter Morgan, ingenioso y sutil en los dardos que lanza a unos y otros personajes. Porque lo fácil habría sido jugar a favor de obra y haber trazado un perfil osco y gruñón de una Isabel II envidiosa de la fama de Diana, y no tratar de hacer una valoración ponderada, como en el filme se hace, de los puntos de vista de unos y otros personajes implicados en los hehcos. Morgan lo consigue y el director de Las amistades peligrosas se mueve como pez en el agua en este retrato de alcoba de nobles y gobernantes.
Lo mejor: El trabajo de Helen Mirren como Isabel II es tan ejemplar que bien podría emplearse en una clase magistral para estudiantes de interpretación.
Lo peor: Que miucho público se la pierda por considerarla una de las típicas recreaciones de la realeza británica qe, de cuando en cuando, pasan por la TV
