Pero lo que separa a Babel de películas, como por ejemplo, Crash, con la que comparte forma y fondo (el miedo en nuestros días), es que su manipuladora colección de casualidades responde finalmente a una pluralidad de respuestas, pronunciadas en multitud de lenguas vivas (y muertas), para un número cuasi-infinito de culturas; mientras, que por su parte, la de Haggish devenía en respuesta única y simplista bajo el espejismo ilusorio de esa misma pluralidad en sus interrelacionadas historias. El director de Amores Perros ha filmado con Babel el colofón a una trilogía sobre el dolor marcada por la reescritura en clave moderna de la tragedia griega a través de la narrativa fracturada. Pero su último trabajo posee una diferencia fundamental con las dos anteriores, es políglota no por necesidad sino por vocación, es decir que pese a la tortura que inflinge a sus personajes es profundamente esperanzada.
Babel es universal, salta de continentes, cambia de idioma y vuela por los aires cualquier tipo de fronteras gracias a un terrorismo visual que inyecta oxígeno a la Imagen en una época llamada al reduccionismo libertario. Su descarnado relato confluye la peripecia vital de sus personajes en un punto de múltiples lecturas y muchas más direcciones bajo un axioma inviolable: el único modo de escapar a eso que llamamos miedo, es a través del amor y del verdadero dolor. Algo que comparten todas las culturas hablen la lengua que hablen.
Lo mejor: Nombres propios como Barraza, Kikuchi, Arriaga, Santaolalla, Prieto o Iñarritu.
Lo peor: Las críticas que la tildarán de manipuladora.
