Hay un tono crudo, intimista, pero también están los patrones del thriller: todo muy bien sazonado de argumentos convincentes como el guión ( irreprochable, novedoso dentro de lo trillado que está todo en esto de escribir cosas para el cine ) o la actuación de Sebastian, el protagonista, un estupendo y, por mí, desconocido George Babluani, que habla en un gesto o en un silencio entre una frase y otro que otros actores de valía con un parlamento de tres minutos.
El blanco y negro conviene a estos sentimientos turbios, manejados con frío desperpajo por un director novel que promete ( y mucho ). ( Ojo a su nuevo, anunciada, L’Heritage ).
Recomendable para quien desee asistir a una sesión de adrenalina bien escrita, de poderosa escritura de cine negro clásico, pero transmutado ( a pesar de la apariencia a la antigua ) en modernidad absoluta. Un descubrimiento avalado por una ristra enorme de premios.
Lo mejor: El blanco y negro, porque de vez en cuando se nos olvida en el cine reciente, el guión.
Lo peor: Cierta frialdad en lo que se cuenta y en el modo en que es contado.
