Babel teje tres historias sucedidas a distancias muy remotas entre sí unidas por el frágil engarce de un arma de fuego. El filme comienza con la historia de Afganistán, detonante de los sucesos que desencadenarán consecuencias de dispar calibre en las ocurridas en EE.UU. y Japón. Un padre les regala a sus hijos un rifle para abatir a los coyotes que acechan al rebaño de ovejas que ambos pastorean por la laderas de su casa. El arma, antigua propiedad de un turista japonés que regaló a su guía afgano tras su última cacería, será usada imprudentemente por los niños. Un matrimonio norteamericano de vacaciones por Afganistán se halla en plena crisis tras la muerte de uno de sus hijos. La negligencia de los niños les afectará directamente a ellos e, indirectamente, a sus hijos dejados en EE.UU. al cargo de su niñera mexicana, al propietario del arma en Japón y, sobre todo, a la hija sordomuda de éste.
La cinta aborda cuestiones como los prejuicios étnicos de los que derivan las sensaciones de inseguridad y miedo recíprocos tan incardinadas en las sociedades multiétnicas de hoy día. Pero también los problemas de marginación o de ausencia de solidaridad entre quienes no responden a ciertos cánones o exigencias sociales. El panorama descrito en las tres historias ofrece conclusiones desoladoras, pero también indicia ciertas claves para la esperanza. De nuevo, como en las otras dos cintas de esta trilogía, la sutil guitarra de Gustavo Santaolalla acentúa las secuencias más emotivas y las interpretaciones vuelve a jugar un papel fundamental. En este caso sorprende el gran trabajo de los rostros más desconocidos del reparto, como el de la japonesa Kôji Yakusho o el de Adriana Barraza como niñera mexicana, y rallan a una estimable altura actores de más cartel como Brad Pitt, Cate Blanchett o Gael García Bernal. No diría que la trilogía del dolor se cierra en falso con esta Babel, pero sí que este corolario no está a la altura de la magnífica 21 gramos. No obstante, estas tres película del tándem Iñárritu-Arragia dan para mucha conversación cinéfila y, en especial, para mucha reflexión interior. Hemos de agradecerle a los dos el que estos tres trabajos alienten ambas circunstancias.
Lo mejor: Algunas secuencias aisladas de algunas historias, como el epílogo de la historia nipona.
Lo peor: Que con tanto salto espacial y temporal el relato termine perdiendo pulso dramático.
