La cinta asume un patrón narrativo bastante convencional: el hijo de uno de los soldados que posó para la famoso foto de Joe Rosenthal rastrea el papel jugado por su padre y sus compañeros en la guerra del Pacífico y, en particular, tras aquella histórica instantánea. En sus pesquisas para su libro descubrirá la desoladora verdad enterrada por el tiempo y el silencio de los protagonistas de los hechos. Y averiguará cómo esa foto fue convertida en estandarte por los estamentos militares con el fin de recaudar fondos para una guerra que estaba dejando exhaustas las arcas nacionales. También contemplará cómo se utilizó la imagen de tres soldados, a regañadientes en el caso de dos de ellos, para una mastodóntica campaña de marketing bélico en la que no hubo reparos para mentir, exagerar y, sobre todo, faltar a la memoria de los compañeros caídos en combate.
Así, la cinta ofrece un discurso crítico en la revisión de aquella campaña promocional, pero, sobre todo, pretende homenajear a quienes lucharon en aquella sangría que fue la campaña de la isla de Iwo Jima. De manera que las refulgentes imágenes de los soldados convertidos en estrellas de rock durante su peregrinaje por todo el país tienen un oscuro y cruento envés: el de las incontables bajas de imberbes soldados incapaces de doblegar a los japoneses. El principal problema del filme, y el que lo lastra a la postre, es la poca armonía en el ritmo del relato por culpa de unos saltos temporales mal estructurados. Así, cuando la cinta profundiza en el drama de la triunfal vuelta a casa de los tres soldados, volvemos de improviso al horror de la guerra que de cuando en cuando les sobreviene a cada uno de ellos. Y a estas dos dimensiones temporales, además, se añade una tercera: la del tiempo presente con el hijo del soldado ‘Doc’ Bradley (Ryan Phillippe) entrevistando a veteranos de guerra para su libro. Por tanto, aunque no deja de resultar interesante, la penúltima propuesta de Eastwood (la de mayor presupuesto de su carrera como director) no está bendecida por su maestría de los últimos tiempos. Quizá Cartas desde Iwo Jima (nominada al Oscar a mejor película) nos devuelva la mejor versión del director de San Francisco.
Lo mejor: La recreación de las batallas y alguna secuencia dramática aislada
Lo peor: Su lento ritmo y su desordenada estructura
